Thursday, 02 July 2020 08:36

La lucha de los campesinos para alimentar al país durante la pandemia

By: El Tiempo
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En Colombia, hay pocos platos más universales que el arroz con huevo, un volcán con paredes granuladas y un cráter amarillo, casi anaranjado. El plato no discrimina ni al cocinero amateur de fin de semana ni al chef de restaurante, que sabe que en esa receta están todos los nutrientes que necesita alguien para pasar el día. Hay quien se lo come con cuidado, en orden, para probar por partes el huevo, el arroz y la pega; otros orquestan un terremoto con el tenedor y reducen el volcán a un delicioso mazacote.

El arroz con huevo es un plato insignia, con o sin pandemia.

Nelson Roa lo sabe. Lleva cuatro décadas cultivando arroz en Casanare,y apenas se presenta hace una aclaración: “Yo soy Roa, pero de los agricultores, no de los de la marca grande”. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el arroz es el alimento básico para la mitad de la población del planeta.

En Colombia, según Fedearroz, el área cultivada alcanza tres veces el tamaño de Bogotá y cada colombiano consume aproximadamente 42 kilos de arroz al año. Y en medio de la pandemia, el testimonio de Roa da esperanza: en su región no ha habido heladas, sequías ni lluvias intensas que le inundaran el cultivo. Tampoco, hasta ahora, ha tenido problemas para vender.

El arroz es uno de los pocos productos agrícolas que los propios cultivadores compran en la tienda. Roa explica que el agricultor es dueño del cereal hasta que entrega los bultos en el molino: ahí comienza un proceso complejo que exige una gran inversión industrial. El precio del arroz es muy inestable y, de acuerdo con Roa, las grandes marcas son las que tienen mayor control para fijarlo.

Y aunque hasta ahora el precio se ha mantenido alto, Roa teme que a mediados de año, sus ingresos se vayan al suelo: “El arroz es uno de los productos claves en demanda, pero los precios se caen sin explicación. Ese es el ejercicio de la gran industria, siempre que empieza la cosecha los precios son de ruina”.

Del otro lado de la receta, Juan Felipe Montoya, el presidente de Huevos Kikes –una empresa santandereana que produce la “huevonada” de cuatro millones y medio de huevos al día–, me explica con tranquilidad que, aunque la pandemia trajo cambios, no han dejado de entregar ni una unidad menos que cuando este coronavirus no existía.

En parte, porque esas medidas de bioseguridad, que para muchos sectores fueron nuevas, son el día a día de su industria: usar mascarillas y guantes, desocupar los bolsillos, pasar los objetos por cámaras de desinfección ultravioleta y asperjar cada camión que entra a las plantas de producción con desinfectante, hacen parte de un protocolo creado mucho antes de la covid-19.

Lo que sí cambió, me explica, fue la distribución en las más de 50.000 tiendas y supermercados donde se venden estos huevos y a donde llega cada colombiano, que en promedio se come 303 cascarudos al año. Montoya explica que siguen operando el mismo número de furgones y camionetas repartidoras, pero que los transportadores tienen que usar tapabocas, restringir las conversaciones con los vendedores y desinfectarse antes y después de entregar cada pedido.

Todo, en últimas, se vuelve más lento.

Aunque pareciera que el arroz y el huevo, juntos o separados, fueran la excepción en medio de la pandemia, el plato no puede escapar del mal presagio de los años bisiestos del que habló Rafael Urueta desde El Salado.

La primera semana de marzo, justo cuando Colombia confirmaba el primer caso de covid-19, el dólar comenzó a subir de precio de manera acelerada. El 24 de marzo, cuando había 72 casos en el país y se emitía el decreto que les ordenaba a todos los colombianos quedarse en sus casas, alcanzó casi 4.200 pesos, el precio más elevado de su historia.

Montoya dice que el 98 por ciento de los insumos para la alimentación de las gallinas es importado, entonces el aumento del dólar, que ya se traduce en un aumento de los costos de producción, podría terminar subiendo el precio del huevo en los supermercados.

Es una situación que también afecta a los pequeños productores: los herbicidas, plaguicidas y abonos que se usan en el campo incrementaron entre el 20 y el 40 por ciento después de la subida del dólar, lo mismo que los insumos para la producción lechera, de la que dependen más de 350.000 familias en todo el país.

Y aunque el dólar bajó de precio a mediados de mayo, los precios de los insumos importados nunca volvieron a caer.

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